viernes, 12 de diciembre de 2008

El amor clandestino

_Tienes que venir tarde cuando ya todo esté bien oscuro. Te esperaré a pasos del palo borracho que está en la esquina de Navarro y Beiro. No pueden vernos, si por casualidad nos cruzamos antes haz que no me viste. Nos amaremos en silencio, nuestro amor será clandestino o no será.
Solía decirle frases así a través de llamadas sorpresivas en cualquier horario. Por el auricular su voz parecía siempre lejana. Se preguntaba de dónde estaría haciendo la llamada. A veces creía estar hablando con un preso, que la estuviera llamando del teléfono público con monedas desde algún pasillo de la cárcel, y que hubiera ideado la manera de fugarse de a ratos, cuando necesitaba de ella para amarla en la oscuridad de sus desbocados deseos.Pero otras veces se sentía ridícula pensando cosas tan absurdas.
_¿Cómo un preso va a escapar cada tanto para amarme al borde de los muros de la chacarita?. Ningún preso hace eso, primero porque está preso, por lo tanto no podría estar conmigo a esa hora haciendo esas cosas, _se objetaba a sí misma.Otras se imaginaba que alguna persona se comunicaba con ella para decirle que él estaba muerto. ¿Porque de qué manera se enteraría sino, si un día moría?.
No sabía nada de él, para ella era solo ese hombre que aparecía cuando se le cantaba y ella la que se volvía todas las veces disponible para aprovechar cada uno de los momentos que él decidía compartirle.
_Ha muerto, una voz diría, dejó unas cosas para usted. Entonces la voz le indicaría una dirección y ella iría inmediatamente, se veía caminando tan nerviosa por un barrio de casas bajas y viejas- podría ser Barracas- y de golpe se encontraría frente a la puerta en la dirección exacta que la voz había dictado y descubriría al fin el escondite del escurridizo y clandestino que tenía por amante, hasta ver su persona de verdad en un cuerpo duro y frío y sin más misterios.
Se imaginaba muchas vidas posibles para él. Parecía un hombre común. Ni mucho algo ni tampoco poca cosa. No había nada en su mirar que le hablara de otras actividades más que las de saciar sus ganas ya mismo. No había rastro que le diera a conocer alguna acción que pudiera hacer salvo amarla instantáneamente, a oscuras a solas y a veces.
_Bajá ya mismo, estaré pasando con un auto blanco en menos de 5 minutos. Entonces la realidad de este hombre común podría parecerse a la de un oficinista que aparece en ese tiempo muerto entre el trabajo y la casa, que se le puede adjudicar a un embotellamiento de tránsito o a una demora imprevista y la visita un ratito. Se preguntaba de dónde habría sacado un auto tan impecable. No había indicios de pasado, ni un papel, ni una boleta, ni un chicle masticado haciendo guardia en el cenicero, ni un resto de marca en la luneta, nada de nada, un auto que entendía sería de alquiler para trasladarlos directamente al estacionamiento de abajo de la autopista entre medio de las canchas de fútbol ya cerradas a seguir con esos capítulos de amor a ciegas.
Había mañanas que se despertaba sin tener certezas. Eran pocos, pero la atacaban los momentos en que dudaba de la existencia de todo lo que le ocurría y se lo adjudicaba a su imaginación, anécdotas construidas tal vez en la profundidad de sus sueños que la enloquecían en dudas y preguntas y hasta perdía la sensatez de saberse dormida o despierta, mientras en algún lugar de su cordura el señor como un comodín de hombre se hacía real cuando lo necesitaba. En algunos de esos momentos la confusión disminuía escribiéndole cartas. Al menos le parecía cierto que hubiera alguien del otro lado del papel.

Mi amor,
es verdad cuando me dices que lo formal no debe importarme. Tienes razón cuando aseguras que lo que de veras vale es el presente, también cuando me afirmas que los grandes proyectos de la vida terminan en la nada.Puedo entenderlo. Quizás no tengamos planes de futuro pero tenemos un presente de amor y pasión sin tiempos ni orden, cuando el azar lo dispone, sin que importe el lugar ni cómo estamos juntos. Somos a través de un instante pleno e innegable.

Y de golpe otra llamada con una nueva indicación la hacía reaccionar de la modorra de creer o no creer, de dudar o estar convencida, de su pequeñez a la importancia que la enaltecía, y provista de sus ropas de cita corría a un nuevo encuentro de amor y fantasía.
Y las escenas se repetían en pasillos de edificios públicos y asientos de autos, en recovecos de calles abandonadas y en bancos de plazas, de noche y de media noche, abrigados y desvestidos se entrelazaban para hacer combustión cuando ningún observador los acechaba.

1 comentario: