Habíamos pasado gran parte del tiempo imaginándonos que éramos capaces de volver aunque sea por un día, decíamos:_que el avión aterrice, nos tomamos el 86 que va para el centro, caminamos hasta Corrientes, nos metemos en La Giralda, nos pedimos un tostado y de nuevo el 86 a Ezeiza y nos volvemos.
Todo lo que podíamos esbozar era poco respecto del recuerdo que conservábamos.
A veces nos distraíamos elaborando una especie de ranking que comenzaba con las milanesas finitas con puré de papas pasando por los húmedos sándwiches de miga, o desde los buñuelitos de acelga expuestos en la campana de cualquier bar hasta la medialuna de jamón y queso del Florida Garden, pasando al sabor de la medialuna en general y de alguna en particular, las muy finitas de la Colón o las embadurnadas con manteca azucarada del Piazza del Congreso.
Lo del asado era un capitulo aparte, la rivalidad se disputaba entre la tira y las mollejas bien doraditas y crocantes, las mismas que se magnificaban en el recuerdo de un sol estrellado en el cielo azul del gran Buenos Aires, de las quintas con duraznos en almíbar con restos de hojas y palitos que vuelan al plato.
El sonido de los pájaros de paz y de las misteriosas chicharras a la hora de la siesta a la sombra, mientras a lo lejos, en el quincho las risotadas, las que parecía que escucháramos hasta a miles de años de distancia.
Como si todo por allí se viviera en otra dimensión, o simplemente fuera de verdad, los colores re contra intensos, la carne de carne, el sabor real de los tomates súper masticables, colorados y jugosos como las naranjas y las pesadas y enormes sandias partidas al medio como juguetes.
Incluso en el recuerdo las caras de la gente se veían con otra pasión, re significadas por sus mismas arrugas, expuestas de frente con sus ojeras sin nada de tratamientos ni nutritivos. Caras al fin del cono sur, con todo. Como nuestros sentimientos que también allí se volvían auténticos, donde nos enamorábamos y nos dábamos la cabeza contra la pared.
Otras veces con nombrar solo una palabra abríamos un juego que duraba toda la tarde. Chinchilla, locro, matapiojos, delantal abrochado atrás, boleto de colectivo, cigarrillo 43 70, repasador, caja de tizas, trapo de piso, pela papas…
Estar lejos era un paréntesis en nuestras vidas, que amenizábamos dejándonos ir en memorias. Otras veces armábamos recorridos mentales tele trasportándonos entre las calles:_ vamos por Junín a la altura de Juncal, ahí donde se corta llegando a Santa Fe, y ahora por Belgrano hacia el bajo y doblamos a la izquierda hacia la Plaza de Mayo y sentimos la curva entre medio de los bulevares finitos con postes de cemento y luces gigantes de altos... Pero por suerte no hay mucho tráfico porque es sábado a la tarde y es primavera y por la ventana baja entra un aire fresco, el mismo que mas al sur para el lado de La Boca otros toman en camiseta con las sillas en la vereda y las medias puestas en las chancletas y los perros de nadie que son de todos.
Entonces girábamos la conversación hacia esa cualidad de los perros, que nunca fueron ni serán declarados. Extrañábamos justamente la sensación de vivir entre toda esa gente sin nombre que hace a la cosa. Nuestras añoranzas nos daban la contención que no teníamos. Como si nos hubiésemos dejado de prestado por un largo tiempo a otro mundo para que en nosotros afloraran los verdaderos sentimientos de los que estábamos constituidos, de saber por fin de donde veníamos, nuestros legítimos gustos e intereses, la esencia de ser de allí y de paso advertirnos de no pertenecer a lo que nos rodeaba.
Cuantas veces habíamos fantaseado con hacer las valijas e irnos, dejar todo: _Acá no se puede vivir!, maldecíamos.
Habíamos soñado durante tanto tiempo con el día en que cerrábamos la puerta para siempre para irnos al mundo que funciona, donde no hubiese deshechos en todos los puntos a la vista y las cosas se vieran limpias. Donde pisar con los zapatos en la calle no significaba meter el pie en un charco patinozo de barro con restos de asfalto viejo. Donde por teléfonos que andaban la gente atendía con respeto.
Nos aguábamos la boca imaginándonos el día en que pediríamos el remise que nos llevara a Ezeiza y amaneceríamos al siguiente día sobrevolando las ilusionadas casitas dispuestas en perfectos lotes, que dejaban para siempre atrás a la majestuosa villa de la que nadie se hacia cargo, con los jamás cuantificados techitos de chapas; infames maquetas hechas en un jardín de infantes de androides con los clavos sobresalidos como si fueran gritos de espanto.
martes, 23 de diciembre de 2008
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Ah! el recuerdo de las mollejas quemaditas se magnifica y dignifica. Como Alicia a través del espejo, reverso y anverso del adentro y afuera, dibujo del alma y radiografía del esqueleto, Dr. Jekyll y Mr. Hide que nunca se juntan. La tierra prometida queda fortificada por los recuerdos y lo ultimo que vemos son esas chapas, pista de la realidad que abandonamos volando.
ResponderEliminar(o sea, me gustó mucho).